










Las
plantas de un bosque por medio de sus raíces absorben cierta
cantidad de agua de lluvia, acumulada en el suelo. Esta agua sube
hasta el follaje y aquí, a través de sus hojas, parte de ella se
transforma en vapor al recibir el calor del sol.
De esta forma las plantas devuelven a la atmósfera, en forma de vapor, mucha del agua que toman del suelo. Este proceso se llama evapotranspiración vegetal.
Los bosques tropicales por evapotranspiración proporcionan a la atmósfera un 50% del agua que cae en forma de lluvia.
La evatranspiración del bosque permite que el exceso de agua sea devuelto a la atmósfera.
Si cortamos los árboles, el agua de lluvia no absorbida va a correr por el suelo.
En un terreno sin plantas, el agua que corre en grandes cantidades después de un aguacero se va llevando poco a poco el suelo. Si el terreno es inclinado, como en las montañas y cerros, el lavado del suelo ocurre con mayor rapidez.
Esta agua lodosa, generalmente, es arrasada hacia los ríos; por eso, después de una lluvia fuerte, los ríos llevan mucha agua de color chocolate.
El manto vegetal evita la erosión, es decir, la pérdida de la capa superficial del suelo.
Para explicar lo anterior, comparemos este manto con un paraguas que cubre el suelo de los continuos golpes de las gotas de lluvia. Si desaparece la vegetación, como al talar los árboles del bosque, cada gota golpea con fuerza y velocidad el suelo. Este golpe desprende millones de partículas de suelo que son arrastradas por el agua hacia arroyos y ríos.
El viento también produce un efecto parecido; por eso un suelo expuesto a la acción del viento se erosiona rápidamente.

El agua de lluvia que no penetra en el suelo, corre libremente por su superficie. En una región, como una montaña, esta agua corre pendiente abajo.
En su recorrido, poco a poco, va desgastando el suelo y las rocas hasta formar una pequeña zanja o cauce por donde corre.
En las zonas más altas, éstas zanjas se hacen profundas y se convierten en riachuelos o quebradas que se secan en verano.
Pero en la estación lluviosa, las aguas continúan desgantando la roca, haciendo la zanja cada vez más profunda. Así se forma el cauce de un río. En algunos casos el cauce se profundiza tanto que alcanza el sitio donde se almacenan las aguas subterráneas.
Las aguas subterráneas entonces pasan a alimentar el riachuelo convirtiéndolo en un río verdadero.
En otros casos un río se forma al brotar las aguas subterráneas en forma de manantial a través de alguna grieta del terreno, o bien al desaguar una laguna o una zona pantanosa.

Desde que nace allá arriba, en las montañas, hasta que desemboca en el mar, un río va cambiando poco a poco.
A veces nos cuesta reconocer al pequeño arroyo cristalino, que nació en un bosque, cuando presenciamos el ancho río de aguas profundas que desemboca en el mar.
La historia de un río es una historia que se repite en muchos otros ríos
En la primera parte de su recorrido el río empieza a descender de la montaña. Aquí el cauce es hondo y estrecho. La corriente es rápida, las aguas frías y limpias. Del fondo rocoso, la corriente desprende muchas piedras que son arrastrabas aguas abajo. Al ir bajando, el río forma muchas caídas de agua o cataratas en los desniveles del terreno. Esta primera parte del río se llama primera etapa o etapa juvenil. Más abajo, sus aguas disminuyen la velocidad. Ahora su cauce se ensancha, forma curvas y se divide; a las orillas hay playas con arena gruesa. En el fondo del agua se observan pequeñas piedrecitas y más arena. Esta es la segunda etapa o etapa de madurez.
El río detiene su carrera. Ahora, en terrenos planos, llega a la tercera etapa llamada etapa de vejez. Se encuentra muy cerca de su desembocadura en el mar; su cauce es ancho y sus aguas profundas y tranquilas. En esta zona se deposita todo el material que el río ha traído al bajar de las montañas, que al acumularse en sus orillas forma playas muy anchas.
Finalmente, desemboca en el mar. Poco a poco, las aguas dulces se van mezclando con el agua del mar hasta confundirse con ella.
Ahora el río ha cumplido su misión; aquí termina su historia.

Hay regiones en nuestro planeta que tienen la capacidad de recoger o recolectar, con mucha facilidad, las aguas que caen en forma de lluvia, granizo o nieve. Todas las aguas recogidas en esta región especial, llamada cuenca, se dirigen hacia un punto común: un río.
Una cuenca esta separada de otras cuencas por zonas más altas que limitan la cuenca. Estas zonas se llaman divisorias de agua.
Desde estas zonas de mayor altura, o divisorias, el terreno se va inclinando hasta llegar al cauce del río. Se dice que hay una pendiente hasta el cauce del río. Esta pendiente se llama vertiente.
Podemos comparar una vertiente con un plano inclinado, como un techo, por donde escurren las aguas. En las montañas o colinas, se forma un plano inclinado o vertiente, por donde bajan las aguas de los ríos.

La cuenca de un río necesita un suelo que absorba el agua de lluvia; el agua que penetra en el suelo es guardada en el manto acuífero en forma de agua subterránea. Estas aguas son las que alimentan los ríos, incluso en época seca.
Habíamos hablado sobre la protección que los árboles y otras plantas proporcionan al suelo. Un suelo protegido conserva su buena calidad y hace las veces de una esponja que colecta el agua de lluvia. Por el contrario, si el suelo está desnudo, es decir sin vegetación, se erosiona con la lluvia y el viento.
Un suelo erosionado pierde la capacidad de absorber el agua de lluvia. Al no haber absorción, el agua llovida correrá sobre el suelo, lavándolo y arrastrando lodo hasta los ríos. Este proceso se llama escorrentía.
Cuando las lluvias son muy fuertes, el agua de escorrentía aumenta su caudal. El resultado lo has observado muchas veces: los ríos crecen mucho y hay grandes inundaciones.
En verano, como el suelo no ha guardado agua, ocurre lo contrario: muchos de los ríos se secan durante muchos meses.
Los ríos cuya cuenca esta deforestada sufren grandes cambios en su caudal. Durante la estación seca disminuye drásticamente su caudal; mientras que en la estación lluviosa aumenta su caudal llegando incluso a provocar inundaciones.

Las cuencas de los ríos son zonas muy frágiles que deben protegerse; sólo así conservarán sus suelos en buen estado y los ríos con agua limpia y abundante.
En Costa Rica las cuencas de muchos ríos han sufrido serios daños. La causa es clara, son el resultado de acciones realizadas por el hombre en forma equivocada.
Probablemente has observado terrenos muy inclinados que están cultivados o dedicados a la ganadería. Algunas de estas laderas forman parte de la cuenca de un río; en ellas el bosque original que protegía el suelo fue cortado completamente. En su lugar se sembró algún cultivo o pasto para criar ganado. Pero, en un terreno inclinado estas acciones tienen poco éxito.
Además causan un grave deterioro de la cuenca. Al llover los efectos negativos de la tala del bosque son severos y no se hacen esperar; la lluvia lava el suelo, lo erosiona y el agua lodosa va a dar a los ríos. En una cuenca deforestada los terrenos se vuelven inestables; con frecuencia ocurren grandes lavados de suelo y derrumbes. Estos derrumbes han sepultado viviendas, han taponeado los ríos desviándolos de su cauce y han rellenado embalses.
Las cuencas también han sido gravemente afectadas por algunos proyectos de desarrollo mal planificados. La construcción de grandes carreteras en terrenos montañosos muy quebrados, ha resutlado en grandes deslizamientos de tierra. Un ejemplo común es lo que ocurre en la carretera Braulio Carrillo.